Nada: Capítulo XVIII

El asunto fundamental de esta novela--de este Bildungsroman--es la individuación de Andrea, y Román se ve como la sombra que la acompaña durante este año de su vida. Los dos hilos argumentales, uno protagonizado por ella, el otro por él, llegan a su punto decisivo casi al mismo instante. Para Román el momento culminante ocurre en la víspera de San Juan cuando Ena le visita y se rompe con él. Andrea llega a su momento decisivo cuando una semana después asiste a la fiesta de Pons. Un leitmotivo que da énfasis al paralelismo de estos eventos es lo de Xochipilli, el dios de las flores y de los juegos, el dios que pide sacrificios: algo tiene que morir para que algo nazca. En este capítulo, el leitmotivo de los “cinco días” subraya tal paralelismo:

“Durante cinco días había yo intentado almacenar ilusiones para esa escapatoria de mi vida corriente [la fiesta de Pons]. Hasta entonces me había sido fácil dar la espalda a lo que quedaba atrás, pensar en emprender una vida nueva a cada instante. Y aquel día yo había sentido como un presenti-miento de otros horizontes. Algo de la ansiedad terrible que a veces me coge en la estación al oír el silbido del tren que arranca o cuando paseo por el puerto y me viene en una bocanada el olor a barcos” (199).

“Mi tío había pasado cinco días encerrado en su cuarto. (Según me dijo Gloria, no había salido ni una vez a la calle.) Y aquella mañana apareció en la casa escrutando las novedades con sus ojos penetrantes. En algunos rincones se notaba la falta de los muebles que Gloria había vendido al trapero. Por aquellos claros corrían, desaladas, las cucarachas” (200).

En esta cita también aparece otro leitmotivo relacionado con el tema central: lo de la decadencia progresiva de la casa y de la familia. Aunque Gloria vende los muebles de la casa para salvar a la familia, sólo consigue vaciar el piso de los restos de un pasado lujoso. Mientras que la familia y especialmente Román paulatinamente se destrozan, Andrea, en cambio, se prepara psíquicamente para su ‘nacer’. Estudia su propia cara en el espejo. Se compara con Cenicienta. Y en sueños su incons ciente le avisa del cambio que se acerca: “Dormida, yo me veía corriendo, tropezando, y al glope sentía que algo se desprendía de mí, como un vestido o una crisálida que se rompe y cae arrugada a los pies” (199). Para Andrea, el momento culminante llega durante la fiesta de Pons:

“Sabía que unos minutos después habría de verme dentro de un mundo alegre e inconsiente. Un mundo que giraba sobre el sólido pedestal del dinero y de cuya optimsita mirada me habían dado alguna idea las conversaciones de mis amigos. Era la primera vez que yo iba a una fiesta de sociedad . . .” (202).

Y como en el caso de Cenicienta, los zapatos tienen una función importante: “Me acuerdo . . . del olor a señora con demasiadas joyas que vino al estrechar la mano de la madre de Pons y de la mirada suya, indefinible, dirigida a mis viejos zapatos . . .” (202). Andrea no se divierte en la fiesta: “No me divertía nada. Me vi en un espejo blanca y gris, deslucida entre los alegres trajes de verano que me rodeaban” (203). Y lo que Andrea había sabido antes--que el “mundo [de Pons]... giraba sobre el sólido pedestal del dinero”--lo sabe de forma tajante. No es un mundo simplemente ‘inconsciente’ sino un mundo capaz de aprovecharse de las situaciones más terribles: “¿Pero usted se da cuenta de lo que puede hacenos ganar la guerra en este caso? Millones, hombre millones!” (204) Andrea se siente rechazada, pero además ella rechaza el mundo de la alta burguesía catalana. Esa noche una puerta le cierra pero otra le abre porque, al saber que la sociedad de Pons no le corresponde, encuentra su propio destino:

“Me parecía que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectador. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos . . . . Estuve mucho rato llorando, allí, en la intimidad que me proporcionaba la indiferencia de la calle, así me pareció que lentamente mi alma quedaba lavada” (208).